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Secuestro psicológico
Agosto 11, 2007, 4:54 pm
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Secuestro psicológico

Ayer mi familia estuvo a punto de ser víctima de un chantaje telefónico. Por fortuna, ahora lo puedo contar con ironía y desdén, pero cierto es que las cosas pudieron haber salido mal o, peor aún, se pudo haber tratado de un secuestro verdadero.

Alrededor de las tres y media de la tarde de ayer viernes 10 de agosto de 2007 yo me encontraba en mi casa jugando felizmente futbol en la computadora junto con mis entrañables amigos Edson y Fernando, en mi cuarto. Mi papá, que estaba a punto de comer su pollo Kentucky recalentado en microondas sentado en el sillón en el estudio de televisión, contestó su teléfono celular tan sólo para escuchar inmediatamente una voz de hombre que le dijo llorando: “Papá, papá, ayúdame”. Él, sorprendido y asustado, dijo varias veces el nombre de mi hermano Erick (el otro, Karim, vive en Los Estados Unidos), esperando respuesta. Ya teniendo el nombre, los falsos secuestradores empiezan a amenazarle: “¿Ya oyó? Tenemos a su hijo secuestrado, denos todo el dinero que tenga en estos momentos si no quiere que le comencemos a cortar los dedos a su hijo para enviárselo en cachitos”. Entonces mi papá comenzó a tratar de tranquilizar a los delincuentes, puesto que en ese instante lo que menos le cruzó por la cabeza era la posibilidad de que todo fuese un engaño. Les explicó que en ese momento no tenía dinero, pero que si se lo permitían podía conseguirlo de una u otra forma. Pero ellos insistieron en pedirle el dinero que tuviese en ese preciso instante en su cartera. Siempre he admirado la sinceridad y honestidad de mi padre, por lo que no me sorprende que él les haya respondido con toda la verdad y nada más que la verdad:

-“Sólo traigo cincuenta pesos”, dijo mi papi (me imagino a las asaltantes yéndose para atrás cual chiste de Condorito: ¡plop!). Y remata: “Solo traigo cincuenta pesos y todavía no llega mi esposa”. O sea que, además de jodido, mandilón.

Ellos seguían exigiéndole que les diese cuanto dinero tuviera disponible allí, amenazándole con que si colgaba mataban a mi hermano. Inclusive le dijeron que querían oír todo lo que mi papá hacía, y si escuchaban algo extraño terminarían con la vida de su hijo. Todo eso hubo transcurrido en más o menos cinco minutos.

Mientras tanto, yo no paraba de anotar goles… bueno no, seguramente yo iba perdiendo el partido… como sea, el caso es que por fin mi papá me llamó. Yo ya sospechaba que algo pasaba, porque es raro que mi papá tarde tanto en el teléfono a esas horas, y lo había escuchado hablar en un tono más fuerte que de costumbre. Al bajar lo vi caminando en círculos en el estudio de televisión con el rostro totalmente desencajado y los ojos vidriosos. Me dijo: “Tienen secuestrado a tu hermano. ¿Tienes algo de dinero aquí en la casa?” Honestamente creo que en ese momento me reí por dentro. Sucede que no tengo absolutamente nada de capital mas que los cincuenta pesos que traigo en mi cartera. Y un cupón de Corn Pops para ir a ver la película de Los Simpsos gratis. De tal palo, tal astilla.

Mi papá, desesperado, volvió a pedirme dinero. Habiendo recibido otra respuesta negativa, tuvo la gran idea de preguntarme: “¿Y tus amigos?¿Tendrán ellos dinero? Ve a pedirles”.

No es la primera vez que me doy cuenta que no reacciono bien antes las emergencias o situaciones inesperadas. Tal parece que en el afán de ser útil y no quedarme apanicado realizo cosas que, analizadas con calma, son unas absolutas estupideces. Tal parece que la idea de mi papá me pareció extraordinaria, ¡porque claro!, Edson y Fernando son conocidos por ser unos estrafalarios millonarios que cargan en su cartera miles de pesos. Por eso jugamos futbol en una computadora con 5 años de antigüedad y no en una Playstation 3. El caso es que cual guepardo subí las escaleras hacia mi cuarto para, al borde del llanto, pedirle a Edson y Fernando dinero para el rescate de mi hermano. Dije: “Creo que secuestraron mi hermano… ¿tendrán ustedes alguna forma de conseguir dinero?”. Ellos, petrificados, respondieron que no. Edson había puesto treinta pesos para el pollo Kentucky y Fernando cincuenta. Por lo tanto, es tremendamente probable que en sus carteras tuvieran dos boleos del metro y el cambio para el pesero. Quizá vendiendo sus terrenos en Punta Diamante podrían…

Por fortuna ambos estaban ahí, y Edson tuvo la calma y la claridad de reaccionar como se debe. Me pidió que me tranquilizara, y que primero que nada intentáramos comunicarnos con mi hermano, el supuesto secuestrado. Nervioso saqué mi celular. Él me lo quitó y tomó el teléfono y, por alguna razón extraña que aún no logro justificar, enlazó la llamada desde mi casa a través de su lugar de trabajo hasta el teléfono celular de mi hermano. Mientras, mi papá seguía dándoles largas a los dizque secuestradores. Mi hermano le contestó a Edson, quien trataba de explicarle la situación. Supongo que mi hermano estuvo a punto de colgarle puesto que no le entendía ni madres. “Soy Edson, amigo de Diego y….” hasta que se desesperó y me pasó el auricular. Ya con mi hermano al otro lado de la línea, pregunté: “Erick, ¿cómo estás, dónde estás?”. Mi hermano, un amor de persona, replicó: “¡Te vale! ¿Qué quieres? ¡Dime rápido!”. Mi cerebro reaccionó sagaz cual bisonte y pensó: “Quizá lo tienen sometido y no quiere admitir su situación para que no lo torturen”, en lugar de pensar que, como de costumbre, mi hermano es un culero que contesta siempre así el teléfono. Reiteré: “Erick, cómo estás? ¿Estás bien? ¿Dónde estás?”, y recibí un hermoso: “¡Qué te importa! ¿Qué quieres?”. Aunque desesperado, conté mentalmente hasta tres (no llegué a diez) y le dije: “A ver Erick, unos tipos le llamaron a mi papá diciéndole que te tienen secuestrado. Te llamo para saber si es cierto. ¿Cómo estás? ¿Dónde estás?”. Por fin entendió: “Estoy con un amigo. Estoy bien. Pero no te entiendo…”. Ok, le volví a explicar con peras y con manzanas, como si se tratara de Plaza Sésamo, pero obviamente ya con la tranquilidad de que todo era una farsa y él estaba en perfectas condiciones… o al menos eso creía yo. Resulta que en realidad ya andaba medio pedo con sus cuates en un restaurante y por eso había tenido la amabilidad de contestarme así de diligente.

Todavía un poco tembloroso le colgué, no habiendo necesidad para ello. Corrí hacia mi papá y aliviado le dije: “Todo es un engaño. Erick está perfectamente bien”. Mi papá siguió hablando con los mal nacidos, pero en su rostro noté que el alma le regresaba al cuerpo. Por fortuna Erick llamó a la casa y, después de volverle a explicar todo (es de lento aprendizaje) pude retenerlo en la línea para que hablara con mi papá. Por consejo de Edson mi papá les colgó y apagó su celular, para que por lo menos por ese día no volvieran a molestar. Fue por el teléfono y escuchó a su hijo del otro lado de la línea, vivo, sano y salvo…. y ligeramente ebrio.

Todos respiramos profundo y, todavía tensos, empezamos a recordar todo lo sucedido. Mi papá me contó todo lo que le dijeron en la llamada y la angustia y preocupación que los cabrones le infundieron. Varias horas después mi mamá llegó (sin dinero, por si se lo preguntaban) y ya con mucha calma le contamos todo. Ella, tierna y comprensiva, nos regañó por tontos y por haber reaccionado así. De nuevo, todos agradecimos la presencia de Edson, ya que sin él probablemente hubiéramos terminado dándole a los asaltantes nuestras más valiosas pertenencias: todas las joyas y alhajas de mi mamá, el Mini Cooper de mi papá, mi Segway, la televisión de plasma de la chacha, el Jaguar que conduce nuestro chofer…

Y como para que no cupiera duda, mi hermano siguió comunicándose a la casa. En una de esas, dijo: “¿Qué pasó Diego, ya todo está bien? ¿Ya se tranquilizaron? No les hagan caso, no hagan nada. No se preocupen, si siguen jodiendo díganme y yo les digo a unos amigos que en chinga se mueven para que atrapen a esos cabrones… la neta sí, ya estoy bien pedo, ¿y qué?”. Le agradecí el detalle y le colgué.